martes, 6 de septiembre de 2011

Telegrama de madrugada

Paisajes vi, que ahora sueño
en construido diamante
a que ponen rubio andamio
los violines del aire
cribando, al sesgo, el arisco
silencio de los pinares
que en tu redonda mirada
cotidianamente nacen.

Voces oí. Y eran todas
voces de las soledades
que, desnudo nadador,
Pasé a cuchillo, entrevisto
ecuador de sus cristales
—mas no esta voz espigada
que ahora mi vida reparte,
jugando luces y sombras
en alternados escaques.

Cifrado —como en apunte
de escolar—, ya todo en clave
viva, elemental, rizada
de paréntesis y llaves,
el mundo bajo tus dedos
su gracia eterna contrae,
rosa nueva en que mi vida
resume el después y el antes.

Vuelve las hojas —cuaderno
o flor—:
más adentro, el ángel
verificador de sueños
pone en verso tus mensajes,
reduciendo al alfabeto
nuestros sollozos distantes.

José María Quiroga Plá
Carmen: época 1, año 1928, Junio, número 6-7

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Sueño de Lot

Para que llegues a mí,
sobre los ríos del alba
tiendo, de la noche al día,
mis versos —puente de barcas.

Pies, en las luces inciertas
meciendo, en cada pisada,
su descarnada blancura
sobre el rosa de la planta.
¡Y el funámbulo perfil
—cabeza abajo— en las aguas!
(La luna, empujando, cerca,
su salvavidas de nácar).
Balancín de los abiertos
brazos. Manos que acompasan
lo exacto del movimiento
y acaban el gesto en ala.
Trémulos labios en donde
se va helando la palabra.

Redondo brillo de estrellas
ciñéndote las espaldas.
—Qué ondular de mar dormida,
pecho y desnuda garganta,
el vientre, menudo, firme,
acoraza tus entrañas,
su recatado latido
a tus caderas afianza
—¡oh piedra viva, que el duro
cincel de la noche talla!
Con cada paso que das
a vida mi amor te gana,
y hacia tu pisar sonámbulo
la ribera se adelanta,
toda desembarcadero
desmelenado en amarras.

Eje de las horas, blanco
donde mi aliento se clava:
abiertos tengo los brazos
y el silencio, a tu llegada.
Asienta el pie en la ribera
y da paz a mis miradas.
En el lecho de tus frescas
miradas recién regadas.
—Su mano pone en mi mano.
Hunde la frente en la almohada
de mi hombro...
en el barroso
dintel de la matinada,
tu hielo, estatua de sal,
mi turbio sueño apuñala.

José María Quiroga Plá
Verso y Prosa: época 1, año 1927, Enero, número 1


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Sonetos a Sibila

Ya aguardan en el álbum de la puerta
el blanco delantal, la cofia blanca
—al flanco, el escorzado corzo, abierta
el ala de tu nombre sobre el anca—,

y Amor, ágil remero de mis brazos
a cuya sed son tus rodillas fuente,
remonta, en curva de impalpables trazos,
de tres en tres peldaños, la corriente.

Confía el tiempo su vellón de estrellas
al resbalar dormido de tus manos
—nebulosa de olor, gravita en ellas
un girar de praderas y manzanos—,

y tu retrato inventa en mi cartera
la geometría de la primavera.

***

Tu aliento en ancha pleamar resbala
hacia el puerto desnudo de mi pecho,
y mis deseos de una sola ala
ametrallan mi insomnio, desde el techo.

Mírame aquí, frente a la primavera,
frente a tu amor, mudando voz y pluma,
haciendo de mi verso enredadera
en que es blanca la flor, verde la espuma.

El ecuador que mis riñones ciñe
como un ojo en espanto se dilata,
y el fresco zumo de mis sueños tiñe
las yemas de tus dedos de escarlata.

Mientras mi labio sorbe tu secreto
en la constelación del alfabeto.

***

En tanto que tu cielo en flor repasa
su lección de solfeo cada día
tu recuerdo, acuñado en grácil asa,
en mi trémula palma se extravía.

Buscando en tu mejilla el mejor fruto,
su vuelo ensaya mi latido mozo
sobre este lecho en prematuro luto
que, sin ti, desnivela mi sollozo.

Ya de esperar, ya de excavar en vano
vacías hornacinas de desvelo,
desfallecen mis ojos y mi mano
mientras riega mi voz el terciopelo.

Del eco, en el verdor de cuya axila
mi sed hacia tu labio se encarrila.

***

Vuelvo a encontrar tu infancia en la sortija
que tus dedos acercan a mi labio
y a cuyo roce afino como en lija,
la yema del recuerdo, en tacto sabio.

Peces de celuloide, en mi memoria
sobrenadan, de pronto, confundidos,
el pie descalzo, la jaculatoria,
el trompo, el mar, los árboles con nidos.

El Ángel de la Guarda —azul niñera
de alas encañonadas—, la dormida
sonrisa con que flota en la bañera
el alma, piedra pómez no sentida.

Y, rigiendo mis pasos, ignoradas
todavía, tu voz y tus miradas.

***

Desnuda, aquí, en mis manos, y tan tierna
como un trozo de cielo entre tejados,
sonríe mi esperanza que gobierna
el sesgo de la suerte y de sus dados.

Su dedo rosa enseña a hablar al mapa
y tiene en equilibrio mi secreto
mientras profunda y lentamente empapa
del color de tus ojos mi esqueleto.

Ahora que hace girar contrariamente
la aguja que registra mis sollozos,
en su carne mi muslo zumbar siente
un ágil brinco de deseos mozos,

Y vuelve, en torno a tu cintura, el brazo
a hallar la exacta curva del abrazo.

***

¡Cómo en mi cinto pesas, oro mío
de amor que haces anillo de la vida
en torno a esta columna de vacío
donde jadea mi ansia desvalida!

Del sueño en los avaros anaqueles
—confusas luces sobre vidrios tristes—
se alinea, vendimia de troqueles,
la inagotable piel con que me viste.

Así hoy, mañana, eternamente. Apenas
la mano en que hace nido el pensamiento
al numerado pulso de tus venas
consigue acompasar su movimiento:

que cuanto más y más tu entraña apura,
más rica de tu abrazo es mi cintura.

José María Quiroga Plá
Meseta: época 1, año 1928, Abril, número 4


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Salamanca (Academias)

Ciudad, a tu amoroso
regazo, al puerto de tu paz confío
a que halle en ti reposo,
este divagar mío,
automático nauta de tu río.

Anclado el pensamiento
entre el puente nuevo y la romana,
tu viva calma siento
que el profundo me gana
donde la fuente de mi verso mana.

Del río en la ribera,
al encendido ocaso se apeldaña
la lírica cantera
de tus piedras, y baña
sangre de siglos tu perenne entraña.

Y el sol, con temblorosa
mano, halaga tus moles torreadas,
deshojando la rosa
de oro de tus fachadas
sobre las aguas, de álamos rizadas.

***

¡Río, sesgado brío
que el verde teso del ferial cabruña,
rigiendo, orilla al río,
cuerno, esquilón, pezuña
que el campo libre en episodio acuña!

Aquí, en el estuario
de tu civil hervor, donde el paisaje,
sintetizando el vario
verdor de su oleaje,
reverente a tus puentes da peaje.

Deja que alce mi tienda,
y, a vista del paisaje campesino,
hacia ti el ala tienda
mi pájaro adivino
que excede en la mecánica del trino.

—Mi verso, digo: Verso
cartógrafo de ensueños y de estrellas—.
Sobre tu cielo terso
rastreando las huellas
de mi futuro, que en tu entraña sellas.

***

No estampa intercambiable
en la memoria, tu contorno ofrece
a los ojos —mas cable
a que atada se mece
de hoy más mi vida, y en tu paz frutece.

Que en tu ribera espera,
sediento, el labio hallar por fin la pura
agua que desaltera,
y aguarda mi ventura
que al cabo habrá de hurtarse a la aventura.

Amor sus frescos ramos
me tiende ya: en la hamaca de la brisa,
tremolando reclamos
con ágil mano, irisa
el quitasol azul de su sonrisa.

Tras su llamado, vuelo,
dando el pasado al diente del olvido:
que el porvenir en celo,
en el hondón mullido
de su regazo hoy quiere armar el nido.

***

Tanto cuanto mi vida
dure, vélame el sueño, a mi amor vela,
ciudad. Y cuantas mida
horas mi vida, estela
de amor daré a tu gracia, y centinela.

Y en tanto que a la noria
de tu quietud mi paso se encadena,
baña tú mi memoria
con la gracia serena
que amor alumbra en tu profunda vena.

José María Quiroga Plá
Salamanca. Madrid. 1927.
Verso y Prosa: época 1, año 1927, Julio, número 7


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Puertas y arrabal del sueño

                      1
Ya se ha callado...
                                 Ahora
parece que se aleja. Isla de pausa
transparente, el instante
levanta al sol en su peana frágil
el ademán atento, pensativo,
las inclinadas frentes,
esa mano que ofrece su aconchado
pabellón al oído receloso,
esa otra a cuyos dedos blandamente
—abierta está en desmayo sobre el pecho—
se enreda un hilo tenue de latidos.

Ya se fue.
                    El cielo arriba, el agua en torno
de esta flotante urna misteriosa.
Y dentro tú y yo: dentro,
única, rumorosa, desvelada
conciencia del silencio
puesta atónitamente a hallar sentido
al cortado sollozo que de pronto
llega —temblor de cielo subterráneo,
de amarga fuente o corazón salobre—
a puntuar de intermitente espuma
el breve cerco de esta paz de tregua.

                    2
Rey loco de la vida,
capitán de sus juegos, mano abierta
por donde se iba en desatado lujo
el oro troquelado de sus horas
—hoy despoblado sueño como guante
sin la mano carnal que lo colmaba
¡de ademán, de sentido, de volumen!

Loco rey de la vida, era tu vida,
cresta de espuma en ola pasajera,
tu pobre caudal solo, la delgada
capa de tu alegría
—¡ay, garbo, y la soberbia fantasiosa!—
lo que echabas por tierra ante tus pasos:
nunca tu pecho ni, si los abrías,
tus brazos, centro y diámetro del mundo.

Cifrar pensaste el mar, su movimiento:
su ardiente sal, con el vaivén estéril,
se tiende hoy a morir entre tus manos.
¡Y tanto sol aún sobre la tierra!
¡Tanta nueva edición del mismo tedio
te ha de llegar puntual cada mañana!
Si se quebrase el hilo, o si la curva
magnífica del sueño se cerrara!...

Mas tú, vuelto de espaldas al futuro,
barajas solitarios de recuerdos,
y en los frágiles naipes
con cada día hacia el pasado embarcas
sombras frustradas que ahora, en tu memoria,
cobran de pronto carne de aventura:
si no te da el presente tierra firme,
aguas tiene el ayer no navegadas
y un sol que en el cuadrante
vuelca una hora eterna —la del alba.

                    3
1910, 1920, 1930
—ocho años, dieciocho años, veintiocho años:
fronteras.
Y ahora, aquí, sobre el agrio filo de la treintena,
la misma cuerda, la misma, gastada,
deshaciéndose en ardoroso polvo, tensa,
al restregón continuo,
hasta dejar desnuda a lluvia y aire
la roja hebra del alma,
hasta que caiga en el bostezo eterno
el cabo requemado al lento frote
—un día y otro día, una noche, infinitos
días y noches— contra el dentado espinazo del hastío
cuyas vértebras se cuentan por los dedos
del insomne recuerdo, por las citas perdidas
y el amargor de boca de la mañana que sigue
inexorablemente al goce conseguido,
por la congoja y el ansia perennes y su latido alterno
y por los balbuceos justos en que cabe una vida.

                    4
¡Qué ardiente cuerpo tomas, renacida
en el regazo de la sombra cómplice,
para trepar —hierba de bronce al rojo—
por el tapial desnudo de mi pecho,
mi convidada, no de piedra, forma
carnal, articulada, a punto siempre
con la noche a esta mesa en que, vendados
los inútiles ojos, hace a tientas
plato de sus rebaños la memoria!

Más apretada de volumen vivo
que en el ayer vivido, me combates
con presencia de proa —hasta la arena
del retiro más hondo ara tu empuje—.
Como en luna de acuario
el gesto, la mirada
filtras, para buscarme,
rayo de negro sol, por el combado
vidrio, opaco fanal, jaula del sueño,
hasta oprimir mi pecho y mis rodillas
con el ahogo en peso de tu bulto.

 No sabidos senderos te me vuelven:
luego, en reptante huida
de marea en reflujo, te diluyes,
por no sé qué caminos, en la entraña
sombría que otra noche
ha de tornar a darte
cuerpo infinitamente y ardor vivo,
mientras tu fuga una apariencia mía
tendida sin amparo de conciencia
deja en confusos lienzos
de mudo sueño y roto desvarío,
y, desierto, en mis manos abandona
el abrasado nido de tus pechos.

                    5
Cuántas cosas que sé, que no he cazado
con mis sentidos —de segunda vista,
de oídas, todas de segunda mano
—aquella playa, aquella gruta, el monte
aquel, y ríos, mares, cielos, selvas
que no he de gozar nunca en cuerpo y alma,
el mundo vivo en cifra, dos renglones
de abreviaturas en mi pensamiento,
deformados fantasmas de intangibles
realidades, flotando
en la frágil conciencia de un fantasma...
(¡tan lejos queda la verdad de bulto!)

Pero ¿y tú, cerca y cotidianamente
asequible a mi tacto y a mi oído.
¿A mis ojos presente? ¿Y yo, a tu alcance?
el uno para el otro —cada uno
para todos— apenas
el signo, infiel acaso,
mal traducido a nuestra lengua siempre,
de un mundo con océanos de añiles
aisladores en torno,
y cuyas formas —lejos y de espaldas—
está soñando en inexacto sueño
un afán sin descanso ni medida.

                      José María Quiroga Plá
Los cuatro vientos: época 1, año 1933, Febrero, número 1

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Delgadina

A Pedro Caravia

Ya se muere Delgadina.
Delgadina, rosa galana:
¡qué delgada sed de vida
pidiendo una sed de agua!

A los pies del lecho
le mana una fuente clara.
Otra fuente —doble— el pecho,
¡ay, qué dos colmenas blancas!

Señora Santa María,
con las mangas remangadas,
trae un vaso de agua fría:
¡qué claro diamante de agua!

A los pies del lecho,
la fuente manando plata.
El pecho, en mellizos hilos,
dando miel de las entrañas.
Amortaja el frío cuerpo
el cristal de la mañana.
Retiñe en el cristal duro
un alerta de hombres de armas.
Delgadina, transparente
de virginidad helada.
¡Qué pábilo, consumido
de pasión, el alma!
¡Qué llanto sin vocerío,
en la torre más alta!

(Llega por los corredores
el padre, hecho un rey de espadas.
Quiebra un relumbrón de hierros
en el umbral de la estancia.)

Tapices y cortinones,
ojeras de enamorada.
Están mancebos desnudos
ante las puertas cerradas.
Tienen el sol en la mano,
en jarras el otro brazo:
sotas de oro de baraja.
—Jinetes campeadores
giran bajo las ventanas.
Uno, la luna en la mano.
Otro, con un vaso de agua.
Aquel, espadón tajante.
Voltea el otro una maza.

¡Delgadina, Delgadina!
Ya es el rey padre en la estancia.
Al pie del lecho, la fuente
reza un rosario de plata.
Las fuentecillas del pecho
llanto de sangre manaban.
En sus brazos, Delgadina,
la señora te brizaba.

—Duérmete, rosa pulida
(¡qué bramar, el rey de armas!)
duérmete, blanca paloma
con las dos alas cortadas.

La torre, que era de naipes,
el viento la derrocaba.

Zumbó en el viento el enjambre
de abejas de la mañana.

¡Ay, Delgadina, rosa amorosa!
¡Ay, Delgadina, rosa galana!

José María Quiroga Plá
Litoral: época 1, año 1926, Diciembre, número 2


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Cinco sonetos a Sibila

1
Tu dedo en alto, huso diamantino,
tuerce y enrolla el hilo de mi vida,
y es en la abierta palma, resumida,
la rosa cardinal de mi destino.

Con la paloma y con la palma, un fino
perfil fraterno ofrece si, tendida,
—lunar ramo de almendro— a amor convida
que a su nevada concha haga camino.

Con cinco puntas de marmórea rosa
geometriza esquemática la estrella
que pone al coro de mis horas centro.

Caracola de amor, cuya voz glosa:
mi verso, que su gracia toma de ella,
cantando como un pájaro está dentro.

2
¡Oh, blanco almendro en flor!, en vano el ave
de la esperanza en tu ramaje espera
colgar el nido, en vano considera
tus frescos brotes mi mirada grave.

No has de ser mía más que lo es la nave
del ojo que la sigue en la ribera.
Las verdes hojas de tu primavera
no han de ceñir mi sien. Mi amor lo sabe.

Mas no podrás quitarle a mi deseo
las alas, ni al ensueño que alimente
mi vieja sed con aguas de tu noria;

ni que, entallados como en camafeo,
los rasgos de tu gracia adolescente
sean clave de amor en mi memoria.

3
Cóncava de tu ausencia, cada hora
la muda playa de mi vida llena
de húmedas algas, vegetal melena
que el sol de tu recuerdo entrenza y dora.

Orilla al mar, Sibila mía, ahora,
con desnudo talón, en la morena
costa, pisa tu pie, sobre la arena,
la espuma rosa y malva de la aurora.

A la tierra, a la mar, a los luceros,
con firme puño impones tu albedrío,
un haz de riendas preso en cada mano.

Y, a lomos de los vientos marineros,
al Polo de tu amor el amor mío
asesta el arco de su meridiano.

4
Si exánime, flexible simulacro
de tu mano que rige mi universo,
el guante espera —hambriento de tan sacro
volumen—, forma y vida. Así mi verso.

Mi verso así, del soplo que traslada
a su secreta entraña el errabundo
perfil y la alegría dilatada
que mueve el vasto corazón del mundo.

Perfecta estrofa, el guante que encarcela
en ejemplar esquema tu más pura
gracia; con dúctil piel, cela y revela

el verso mi apetito de hermosura,
y en rima el verso, en ademán el guante,
engastan en su curva tu diamante.

5
Con el farol, alondra de la esquina,
el organillo vesperal soborna
tu soledad en que mi voz patina
y el párpado de amor velado entorna.

Dócil telegrafista, su mecánica
ala inscribe su giro en tu regazo,
traduciendo a tu oído el ansia adánica
que fluye en la sangría de mi brazo.

Y si en tu corazón la manivela
de mi suspiro circular convoca
tus balbuceos a la pasarela

tendida de mis ojos a tu boca,
el mismo acorde enlaza —o ya resume—
tu añoranza, mi sed y tu perfume.

José María Quiroga Plá
Mediodía: época 1 año III, año 1928, Febrero, número 10


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